Él no es el típico hombre lobo común y corriente.
Layla ni se había percatado de la presencia de un demonio sexual en su sala de estar. Ni siquiera esperaba descubrir que es una bruja con la misión de protejer al reino de los mortales. ¿Y ahora su amigo y compañero de estudios de enfermería, además de ser su amor platónico imposible, podría ser un asesino en potencia?
En secreto, lleva un año con el deseo de tener a Cal, sabiendo que un chico así de ardiente, dulce y amable no se dentendría para verla dos veces. Todo el tonteo entre ambos era inocente y no concretaban nada, hasta que Ink, el íncubo vinculado a ella entró a su vida y a su cama. Acto seguido, Cal está enfurecido con ella mientras Ink le conquetea, y animales salvajes están atacando a mujeres. ¿Acaso no podría el misterioso monstruo asesino esperar hasta que terminen los exámenes finales?
Ella quería ser una enfermera, no una investigadora de lo paranormal, pero Layla no tiene de otra. Al parecer, solamente las brujas son las que pueden detener a estas criaturas, de las que hace un mes Layla no tenía idea de que existen. Pero en cuanto más investiga, más parece que Cal es quien está inmerso en todo esto. ¿Cómo puede salvar a su amigo de las garras de un culto, mantener satisfecho a su demonio de apetito sexual y, de paso, encontrar la forma de hacerles un lugar tanto en su corazón como en su cama?
General Release Date: 15th July 2026
Existe una franja divisoria entre los vivos y los muertos, el plano celestial y el reino de los mortales, la realidad y su reflejo. Tras ese pequeño destello de existencia es donde la bruja...
—¡Maldita sea! —jadeeé, casi enviando a volar el libro por la erupción de cosquillas que se sentía como hormigas a través de mi estómago. —Ink…
Un aliento más caliente que el azufre me retorcía la parte posterior de mi oreja mientras que dos manos me acariciaban los costados. Me mordí el labio, los nervios cosquillosos se transformaban en un temblor diferente. Presionó todo el ancho de su palma en mi vientre inquieto, gradualmente moviéndola por debajo de mi blusa corta del uniforme de Bellpeppers.
Hace dos semanas, debería haber regresado de trabajar, haber mandado a volar mis pantalones y haberme tumbado en el suelo para meterme de lleno en mi tarea de la facultad de enfermería, sin pensar en pausas. Sin embargo, tener un íncubo solo para mí que de por vida me esté acechando, era algo que me tomaría tiempo acostumbrarme. Los intereses sexuales de Ink crecieron en fogosidad, mientras sus dedos se deslizaban sigilosamente bajo mis pantaletas. Con su otra mano me puso el pelo hacia atrás para que me pudiera dar un beso en el cuello.
—Se suponía que estaría estudiando—dije a pesar de estar cediendo ante su influencia demoníaca.
Sus dientes rozaron el largo de mi cuello.
—Eso no es lo que deseas de verdad.
Después de un turno de noche de diez horas transportando cosas a la megatienda de descuento más acogedora del Medio Oeste, había creído que solamente querría una comida no muy elaborada y una siesta. Pero el libro de hechizos que había dejado en la mesa de la cocina había frustrado mi intento de cocinar un ramen en el microondas. El libro me obligaba a darle mi atención, así como un gato obstinado a punto de quebrar un florero si no se salía con la suya.
Un bostezo cubrió mi boca, con ansias de querer liberarse, cuando Ink hundió sus dedos tímidos directo en mi clítoris.
—¡A la mierda!
Ahora sí que mi cuerpo se encontraba despierto.
—¿Por qué no te duermes encima de mí? —dijo, volcándome en el piso de la sala y estirándome para estar encima de él.
Mientras tanto, continuó acariciando mi clítoris con una velocidad que generalmente está reservada para un «masajeador de cuello». Llegué al orgasmo en tiempo récord, mientras Ink arqueaba las caderas poniéndolas en contra de mi espalda baja para presionar su erección del tamaño de un obelisco.
Un suspiro se escapó de mis labios, mi cuerpo cansado brotaba de vida desde que me pegué al suyo.
—¿No se supone que tienes que enseñarme de brujería?
—Interesante—refleccionó Ink en su melódica voz de barítono—. ¿Te mueres de ganas de verme con un vestón, de esos con tejido escocés de lana, y... que lleve una regla?
Mi pensamiento intrusivo con Ink, como el profesor estricto que tiene que castigar a su única alumna fue directo a parar a un mar de culpa. Seguía sin acordarme que él podía leer todos mis deseos, por más mínimos que fueran, en cuanto aparecían en mi mente. Y él estaba con la alegría a flor de piel por envolverse en la depravación.
—Dígame, señorita Leeland. —Me sacó de mi agitación interior—. ¿Cuál es el contraataque para la saliva ácida de una mantícora?
—Un… un pentagrama con...
—¡Incorrecto! —gritó Ink y me dió un palmetazo en la parte interna de mi muslo. No dolió tanto, pero sí sonó lo sufiente que hasta me hizo saltar de la consternación. Ink no retiró su palma, pero estrujó mi pierna hasta que no podía más, mientras me acariciaba y amenazaba con darme otro palmetazo de arriba a abajo en el mismo lugar.
—¿Cuál es la planta que te garantiza poner a los muertos a dos metros bajo tierra?
Mi cerebro empezó a echar humo. Había leído algo sobre plantas. Pero después se hacían presente todas las preguntas farmacéuticas que había estudiado para ejercer mi verdadero trabajo. ¿El avellano de bruja? ¿La belladonna? ¿La quina? ¿La dedalera? ¿El tejo del Pacífico?
—Necesitamos una respuesta, señorita Leeland —ordenó Ink, su voz crepitaba con un gruñido mientras sus uñas recorrían mi piel.
—¿La vinca?
Él acomodó mi mentón en su mano, girándolo en dirección hacia sus ojos hasta tener mi atención. Llamas danzantes se encontraban en su mirada, y sus labios a penas presionaban mi mejilla.
—Buen intento, pero estás muy equivocada.
—¡La puta madre!
Con una velocidad demoníaca, separó mis piernas usando solo sus rodillas e introdujo su pene con rudeza dentro de mí. Con una mano, sujetó mi cadera y la echó hacia atrás en dirección a su cuerpo, así podía sentir cada empujón de su pelvis meciendo mis nalgas. Apartándo mi pelo, Ink se estiró para alcanzar mi mano y sujetarme por mi muñeca.
—¿Deberíamos jugar a algo nuevo? —me preguntó. Mi cuerpo se retorció hasta no poder más y se balanció sobre el pene demoníaco dentro de mí. Una energía atronadora palpitaba y flameaba desde mi corazón hasta mi garganta, que me dejó apretando mis dedos de los pies desnudos contra la alfombra, mientras Ink me presionaba ambos muslos.
—¿A...? ¿A qué quieres jugar? —dije y luego tragué, con la sangre que se acumulaba en mi cabeza y en mis partes bajas a una velocidad alarmante. Si esto duraba un poco más, era probable que me desmayara… o algo peor.
Ink acarició toda la punta de su nariz perfilada desde el espacio desnudo de mi mandibula hasta mi oreja.
—Por cada respuesta correcta, te lo voy a clavar para que veas las estrellas.
Mierda. Me estremecí de excitación por saber lo que me esperaba y tensé mis dedos dentro de los suyos. Pero el hecho de que a penas había tenido dos segundos, en días, para hacer más que tan solo abrir mi libro de hechizos, calmó el fuego en mi interior.
—¿Qué pasa si me equivoco?
Dejó salir un estruendo lo suficientemente estrepitoso como para ser escuchado a kilómetros de distancia.
—Ya lo verás —fue la respuesta de Ink y dibujó una marca de una de sus uñas en mis muslos.
—¿Qué es...?
Los primeros cinco compases de Los lobos blancos del invierno resonaron a todo volumen detrás de mí. Sin pensarlo dos veces, logré sacar mi mano de la debilitada presión de las palmas de Ink y agarré mi teléfono. Me llevó un poco de tiempo leer la notificación, pues la neblina cubría mi mente.
Dana me estaba llamando.
—¡Oh, mierda! —grité. Con un hábil movimiento, hice que Ink rodara hasta quedarme de rodillas—. Lo olvidé por completo. —Seguí narrando mientras me embutía de nuevo en mis jeans de color gris oscuro de mierda. ¿Qué más necesitaba? ¿Una mochila? ¿Empaqué mi mochila anoche antes de ir a trabajar?
Por supuesto, no lo hice. Nunca me adelanto a las cosas.
Mientras echaba en una endeble mochila de tipo mensajero mi gran cantidad de libros, los cuales tenían el mismo valor de un auto usado, le eché un vistazo al hombre que dejé tumbado en mi alfombra. Su pelo negro, más grueso que el crecimiento del pelaje de un oso enmarcaba su cabeza en ondas rizadas. Un tesoro oculto de la misma naturaleza acarició los peligrosos músculos de su cuerpo, que se separó de la erección monstruosa que inducía a la libertad.
Ink no llevaba nada puesto, solo lucía una sonrisa mientras daba vueltas por mi departamento, sin duda, fue un deleite para la vendedora equis que había dejado caer sus catálogos de trapos de microfibra de setenta dólares, la cual salió despavorida cuando él abrió la puerta.
No fue nada fácil tratar de apartar la mirada del hombre dispuesto a llevarme al cielo.
—Quedé para estudiar con… Dana y Fariah.
Pasó una mano por debajo de su pómulo elevado y se giró sobre su costado para observarme. Mientras yo seguía corriendo de aquí para allá en el departamento, tratando de no echar un vistazo rápido a sus nalgas. No cedas, Layla. Esto es importante.
—Se nos viene un examen —le seguía explicando como si Ink fuera mi guardián, pero él sacudió la mano en el aire como un emperador romano que deja salir a una sirvienta.
—Sí, sí, continúa con tus asuntos de la universidad.
Me aferré con excitación a mi mochila. A pesar de ser un íncubo, un literal demonio sexual que obtiene energía al coger, en cuanto sabía que tenía que irme, dejó que lo hiciera. Sin preguntas. Sin quejas.
Si me quedaba un ápice de duda de que pudiera ser un humano, pues el tan solo verlo con tremenda erección, a casi un límite irreversible, y sin ponerme ningún obstáculo para dejarme salir, hizo que matara todas mis inquietudes. Hurgando mis llaves entre mis manos como siempre, me giré hacia la puerta.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté, mis tripas estaban hirviendo mientras giraba de nuevo hacia el hombre con un tronco de secuoya en su pélvis desnuda—. ¿Me refiero a qué vas a hacer cuando no esté?
Y esa sonrisa encantadora y pícara volvió. Ink se puso de pie de un salto, con sus manos rasguñando la alfombra antes de levantarse y ubicarse frente a mí. Las llamas de su mirada se habían sofocado, solamente quedó el color ámbar brillante de sus ojos.
—Te voy a esperar.
El rubor de mis mejillas se incendió. Me sentía como una adolescente que acababa de tener al chico más ardiente de la escuela con la vista fija puesta en ella desde el otro lado de la cafetería. ¿Por qué siquiera pensé que él...? No importa. Sacudí la cabeza, abrí la cerradura de mi departamento y me dispuse a salir sin que nadie se fijara.
—Mi vínculo —me llamó Ink. Me miró fijamente a los ojos y enroscó su pene con la mano—. Para cuando regreses, este juego va a continuar.
¡Mierda! Me ruburicé tanto que mi cabello negro se tornó a rojo. Huí de mi departamento y del íncubo que estaba ahí dentro.